Cuando uno coge el periódico y ve en la portada que un tribunal ha sentenciado a muerte a un chaval de 24 años en la misma ciudad donde uno reside, a saber, Nueva York, no es difícil imaginar las sensaciones que a uno le invaden. Los huevos se le ponen de corbata.
Pero ahí no queda la cosa. Lo curioso es que desde hace cincuenta años ningún juzgado federal en Nueva York había dictado la pena capital. ¿Y por qué? ¿Porque eran dos policías?

A un tal Ronell Wilson, se le acusa de matar a dos detectives que trabajaban de incógnito. La operación consistía en una compra de armas que nunca llegó a ocurrir porque antes de cerrarse les disparó a bocajarro.
Que Wilson es un cabrón no hay nadie que lo cuestione pero que deba morir por “ser un pandillero” que ha tenido la desgracia de matar a dos policías no es justificación.
Inmediatamente me vienen a la cabeza los muchos padres y madres, abuelos, hijos y nietos que se han cargado en Manhattan en estos cincuenta años. ¿No valía tanto esa gente porque no eran policías? ¿No tenían igual valor las 257 personas que murieron en los atentados a las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania en 1998? El tribunal federal que juzgó a dos de los terroristas implicados en aquella tragedia no pidió sus cabezas por miedo a alzarlos mártires.
Al leerlo esta mañana pensé en todos esos familiares que han perdido a un ser querido de una forma tan violenta. Creo que si fuera en España algunas de estas familias pedirían explicaciones al juez que lo ha decretado. Y le dirían con razón, ¿Mi muerto no vale tanto?
Pero estamos en América. Habrá que esperar a ver que le depara el futuro a este asesino de polis.
Febrero 1, 2007 a las 3:11 pm
Y también es una casualidad que el condenado sea negro…
Cuando decidir si un hombre muere o no es determinado por asesores publicitarios, habría que empezar a pensar que tal vez algo vaya mal de verdad.
Saludete.