Para estar bella en Nueva York hay que sufrir

By Boquerona

Sandalias de tacón y pedrería, chanclas de playa, botas de piel hasta la rodilla y deportivas, son el calzado favorito de las chicas neoyorquinas. Hasta ahí, todo es normal. La cosa se complica cuando ves cómo la gente usa todos estos tipos de calzado el mismo día por la quinta avenida.

Cuando caminas por esta ciudad a seis grados bajo cero, abrigada hasta las orejas, y con dos pares de calcetines debajo de tus botas, la cara se te desencaja cuando justo a tu lado en un semáforo se para una chica muy alta, muy mona, sin medias y con sandalias.

En ese momento te preguntas si esa chica tan alta y tan mona no tiene una madre que le dijo en su día que uno lleva sandalias los días de verano, y que el calzado no deja de ser “fashion” por ir acorde con el clima.

Lo curioso es que ese mismo tipo de chica se para a tu lado en agosto con 38 grados a la sombra calzando unas botas de piel hasta la rodilla. Y vuelves a preguntarte, ¿qué criterio siguen las neoyorquinas a la hora de calzarse?

Otra cosa que me llama la atención de las mujeres neoyorquinas aunque pertenecen a un sector social bastante inferior al de las “chicas de sandalias” son sus ¡uñas!

Dios. Nunca pensé que me acostumbraría a ver uñas de casi tres centímetros decoradas como auténticas obras de arte en miniatura. Rayados, romboides, espirales, florales y demás estilos decorativos.

Las féminas que decoran sus manos de tal guisa suelen desempeñar para más inri trabajos manuales, cajeras en su mayoría.

Por ello es común encontrarse con el siguiente cuadro: un gran hiper-mercado, 15 cajas registradoras disponibles y de pronto una empleada curva su espalda y acerca el rostro al mostrador metálico por el que minutos antes había deslizado los productos.

En ese momento, piensas que si lleva tanto rato en una postura tan incómoda puede que simplemente esté observando su rostro en el reflejo metálico del mostrador. Pero de pronto te das cuenta que su postura no tiene un fin narcisista sino más práctico. La pobre chica sólo intenta coger una moneda de céntimo que se quedó en la barra pero con tales garras la hazaña es imposible.

Por todo ello, creo que cuando mi abuela me decía aquello de “para estar bella hay que sufrir” se le olvidó contarme que esta gloriosa frase venía de Nueva York.

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