Archivo de Enero 2007

Amtrak ya me ha desvirgado

Enero 29, 2007

Cuando uno vive en América y pretende viajar en transporte público, es fácil darse cuenta de que manda Don dinero. Sirva de ejemplo lo que cuento a continuación:

Pónganse en mi pellejo. Intentaba llegar en tren a Albany (capital de Nueva York), el sábado en la mañana. Hasta ahí, todo es normal. La cosa se complica cuando una vez en la cola porque de billetes numerados para el vulgo mejor ni hablamos.

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Justo a la hora de partir, el tren de Amtrak (homólogo de Renfe en España) viene con retraso, cosa que puede pasar. Después de 20 minutos, sin ninguna explicación, los altavoces de Amtrak comienzan a iluminar a todo el que quiera oirlo: el tren está averiado. El que tenga que partir con Albany de destino tendrá que esperar un tiempo. Todo el mundo es muy prudente. De americanos se trata.

Yo como buena andaluza, después de tres cuartos de hora, ya me empiezo a impacientar y a decirle a los de al lado, “Esto no pasa en España. Cuando el tren tiene retraso, la gente empieza a quejarse: “Que si yo tengo una boda, que yo no llego al bautizo, que a mi madre me la operan, que el juanete de mi abuela … ” La gente empieza a chillarse y a competir por su pena, que es mucho más divertido, por lo menos más ameno.

Pero estando en Nueva York, la gente no dice pio. Después de dos horas largas, sin ninguna explicación, dicen por los altavoces: el tren está reparado. Pueden ustedes subir. Yo estaba tan animada que me hizo hasta mosquear porque para completar la escena del tren, la cola y demás, vino a ponerse a mi lado una chica muy alta, muy mona, sin medias y con sandalias, a saltarse el personal.

Ella miró de soslayo, como nadie dijo nada. Dos horas que ella se ahorró. Imagino que habrán visto ese anuncio de L´Oreal que dice, “Porque yo lo valgo”. Era exacta a su expresión.

Sigamos, que me desvío.

Todo el mundo en sus asientos. La marcha ya comenzó. Después de cinco minutos, el tren se vuelve a parar. Volvemos a la estación. Dicen por los altavoces, “Tenemos problemas técnicos, pueden ustedes bajar”.

La gente sale corriendo, pues era la hora del “lunch”.

Yo me rezagué un poquillo, por lo que pude escuchar: se advierte a los pasajeros que cuando el tren se repare, la marcha se continuará, y el que no esté en sus asientos, a Amtrak no le importará.

Y uno se queda pensando como con cara de tonto, ¿qué pasa con todos esos que corrían para yantar y cuando vengan de vuelta vean que el tren ya no está?, le pregunté al maquinista. La respuesta era esperada: el que manda es don dinero y yo no puedo hacer nada. Y uno se queda pensando con cara de gilipollas que tiene hasta incluso suerte porque escuchó la advertencia.

Granjas de diseño

Enero 25, 2007

¿Quién me iba a decir que iba a pagar por dar de comer a un burro? Si mis ancestros me vieran dirían que he perdido el norte y tendría que responderles esto es Nueva York. Aquí no hay granjas, cortijos, ni campos gratis. El que quiere naturaleza que la pague.

Los neoyorquinos responderán: tenemos una infinidad de parques, entre ellos Central Park. Tienen razón. Zonas verdes tienen muchas, pero ¿cómo sabrá un niño neoyorquino de dónde viene la leche que bebe cada mañana? Muy fácil: yendo a una granja de diseño. Suelen estar situadas a las afueras de las ciudades. Muy rústicas y muy monas. Te cobran por respirar.

¿Quiere usted coger manzanas? Denme usted 12 leuritos y llévese cinco kilos.

Un burrito de diseño

¿Quiere usted dar pienso a un burro? Dele usted todo lo que quieras. 25 centavos por puñado.

Todo hay que reconocerlo. En esas mismas granjas, encontraremos los mejores donuts de sidra, a los que ni yo ni el resto del personal es capaz de resistirse, por lo que esa familia que se levantó temprano para llevar a sus niños a visitar una granja se ha dejado más de un pico. Entre burros, cabras, cerdos que fueron a alimentar, varios kilos de manzana, pá tía juani, pá mi madre, pá la abuela, y alguien de la vecindad, y los donuts pertinentes, esta moderna familia cree que no volverá hasta que el pequeño tenga pelusa en el bigotín y unos ahorritos guardados.

Para estar bella en Nueva York hay que sufrir

Enero 23, 2007

Sandalias de tacón y pedrería, chanclas de playa, botas de piel hasta la rodilla y deportivas, son el calzado favorito de las chicas neoyorquinas. Hasta ahí, todo es normal. La cosa se complica cuando ves cómo la gente usa todos estos tipos de calzado el mismo día por la quinta avenida.

Cuando caminas por esta ciudad a seis grados bajo cero, abrigada hasta las orejas, y con dos pares de calcetines debajo de tus botas, la cara se te desencaja cuando justo a tu lado en un semáforo se para una chica muy alta, muy mona, sin medias y con sandalias.

En ese momento te preguntas si esa chica tan alta y tan mona no tiene una madre que le dijo en su día que uno lleva sandalias los días de verano, y que el calzado no deja de ser “fashion” por ir acorde con el clima.

Lo curioso es que ese mismo tipo de chica se para a tu lado en agosto con 38 grados a la sombra calzando unas botas de piel hasta la rodilla. Y vuelves a preguntarte, ¿qué criterio siguen las neoyorquinas a la hora de calzarse?

Otra cosa que me llama la atención de las mujeres neoyorquinas aunque pertenecen a un sector social bastante inferior al de las “chicas de sandalias” son sus ¡uñas!

Dios. Nunca pensé que me acostumbraría a ver uñas de casi tres centímetros decoradas como auténticas obras de arte en miniatura. Rayados, romboides, espirales, florales y demás estilos decorativos.

Las féminas que decoran sus manos de tal guisa suelen desempeñar para más inri trabajos manuales, cajeras en su mayoría.

Por ello es común encontrarse con el siguiente cuadro: un gran hiper-mercado, 15 cajas registradoras disponibles y de pronto una empleada curva su espalda y acerca el rostro al mostrador metálico por el que minutos antes había deslizado los productos.

En ese momento, piensas que si lleva tanto rato en una postura tan incómoda puede que simplemente esté observando su rostro en el reflejo metálico del mostrador. Pero de pronto te das cuenta que su postura no tiene un fin narcisista sino más práctico. La pobre chica sólo intenta coger una moneda de céntimo que se quedó en la barra pero con tales garras la hazaña es imposible.

Por todo ello, creo que cuando mi abuela me decía aquello de “para estar bella hay que sufrir” se le olvidó contarme que esta gloriosa frase venía de Nueva York.

Esto es Nueva York

Enero 15, 2007

Cuando uno llega a Nueva York por primera vez se sorprende de que los edificios realmente tengan escaleras de incendios y los taxis sean amarillos. Y uno piensa, esto es genial, como de película.

Pero uno no se plantea por qué es tan común ver escenas en esas mismas películas donde se ve a la gente haciendo su colada en una lavandería.

 

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Sólo se da cuenta cuando vive en la Gran Manzana y ve que un hecho tan prosaico como es el lavado de la ropa sucia también es como en las películas, a saber: no hay lavadoras en la mayoría de las casas neoyorquinas.

Estos pisos son muy monos, muy fashion y todo lo que queramos llamarlos, pero el hecho es que ¡¡¡¡no tienen lavadora!!!! Y que uno debe lavar la ropa junto a sus vecinos de barrio.

Todo es acostumbrarse, pero yo no acabo de sentirme cómoda doblando los cayumbos de mi novio o mi mejor picardías delante de mi vecino.

Cada semana cuando hago estas labores hogareñas (por lo que deben hacerse en el hogar y no fuera) me acuerdo con cariño del primer americano que decidió que lo mejor era compartir lavadora. En esos momentos también tengo un recuerdo afectivo para aquellos caseros que prefieren no poner lavadoras en sus casas por si un niño mete la cabeza, y les cae una demanda.

Esto es América, el país de las demandas millonarias. Solución, se acabó la lavadora. Como dicen en mi tierra el que quiera peces….

La otra solución que se me ocurre, bastante más intima pero no por ello más cómoda, es el lavado de ropa como hacían nuestras abuelas: a mano. Así que llevo cerca de dos meses lavando la ropa en casa y tendiéndola cual si estuviera en una chabola, es decir, por todos los rincones de mi dulce hogar americano. ¡Y es que aquí, o le enseñas las interioridades a tu vecino o a vivir como un gitano!