Una futura fauna en el Lago Jorge

Octubre 22, 2007 by Boquerona

Lo primero que quiero hacer es pedir perdón a los tres malagueños que vinieron en septiembre a Manhattan, por no contestar a tiempo. No tengo excusa. Pero el trabajo, y el hecho de que mi casa ha sido la fonda de Andalucía son los únicos argumentos que puedo esgrimir. No suena muy convincente. Pero es totalmente cierto.

Además, los únicos días en todo el verano que he pasado sola me fui a mi sitio preferido en este país. No todo iba a ser malo. Encontré el sitio hace dos años, y es de los más bonitos que he visto en mi vida. Son unas cabañas en un lago, en un lago llamado Jorge, en mitad de un parque natural tan grande como Andalucía. La zona se llama los Adirondacks. Está a 4 horas al norte de Manhattan, dentro todavía del estado de Nueva York.

En el lago Jorge

Si alguno de los que lee tiene la oportunidad de visitar este sitio, lo recomiendo sobre todas las cosas. Coger un barco pequeño y pasear de isla en isla, dentro del mismo lago es toda una experiencia. Esos, y han sido sólo dos, han sido mis vacaciones en todo el verano. Pero la verdad, es que dos días allí, suponen el descanso de un mes en cualquiero otro sitio.

El silencio, la vista del lago, el canto de las chicharras y las barbacoas nocturnas, son una de las pocas cosas que hacen que quiera quedarme en este país. Lo he dicho, hay algo por lo que merece la pena este país. Allí conocí a una especie de fauno que habitaba la cabaña de al lado y que me contó que lleva 40 años de su vida yendo dos semanas al año. Creo que si sigo en este país acabaré convirtiendome en una especie de fauno como él, que todos los años disfruta de ese lago. Me convertiré en una vieja canosa que ofrece carbón a los pobres jóvenes inútiles que como yo pretenden hacer una barbacoa con carbón instantáneo y lo deja al aire libre durante una hora. Si alguien lo ha intentado sabrá por qué lo digo.

De viaje por la costa Atlántica

Abril 13, 2007 by Boquerona

Escribo tumbada en la cama de una habitación preciosa de un B&B en un pequeño pueblecito de Carolina del Norte, llamado Manteo (Isla de Roanoke). El que haya pernoctado en una de estas casas sabrá de qué hablo.

Me encanta dormir en estos sitios donde todo es bonito, tradicional, y hogareño, donde por la mañana te sirve la señora de la casa un desayuno de esos que parece que no vas a volver a comer en dos dias. Y es un desayuno que te comes completo, por no hacer un desprecio a la dueña de la casa que se ha pasado la mañana en la cocina, haciendo tartas, mermeladas caseras y demas viandas, para que tú salgas de allí con la sensación de que vas a vomitar pero muy contento de lo bueno y lo bonito que era todo.

Todavía no lo puedo creer. Hoy he estado en la playa. Ha sido necesario salir de Nueva York y cruzar cuatro estados ( Nueva Jersey, Delaware, Maryland y Virginia hasta llegar a Carolina del Norte, pero por fin he disfrutado de un día de sol desde que empezó el invierno.

He decidido aprovechar las vacaciones para conocer un poco de este país al que critico tanto y tan poco conozco. Cuando critico a este país en mi blog lo hago a modo de terapia. Es un sitio en el que puedo desahogarme y contar mis frustacciones como extranjera, pero casi todas esas críticas se las dedico a Nueva York, porque es donde resido.

Después de este viaje que he decidido realizar en coche, son muchas las cosas que he descubierto. Me he dado cuenta de lo diferente que es Nueva York del resto del país. Cuando uno se despide de Manhattan, debe saber también que se despide de esa famosa multiculturalidad que la caracteriza. Vas a cenar o a comer en un restaurante de Cape May, Nueva Jersey (The Lobster House, lo recomiendo) y al mirar a tu alrededor te das cuenta de que todo el mundo es WASP (blanco, anglosajón, protestante).

También dejas atrás esa gran variedad de restaurantes de comida internacional (indios, pakistaníes, japoneses, coreanos) para que tus posiblidades se centren exclusivamente en la comida de la zona (cosa que me encanta y que para mí es bastante más exótico).

Mi último descubrimiento ha sido la sopa de bogavante (lobster bisque), una sopa cremosa, con trocitos de bogavante que estoy dispuesta a comer cada vez que la encuentro en un menú.

Estoy en el ecuador de mi viaje y sé que tienen que pasar muchos días hasta que sea capaz de asimilar todo lo que estoy viendo y descubriendo. Poco a poco, intentaré darle forma a todo ello para contarlo aquí.

El Cautivo en Nueva York

Abril 3, 2007 by Boquerona

Tilín, tilín, tilín, ha sonado al descolgar el teléfono de mi casa en Nueva York. Las sensaciones que le vienen a uno a la cabeza son infinitas cuando reconoce el sonido de una campanita que solo puede ser esa que va entre varales. Sobre todo si uno es malagueño y sabe quien es el Cautivo.

Son las cuatro y media de una tarde de lunes soleada, pero por unos segundos se ha oscurecido la tarde, se han hecho las diez y media y estoy en la calle Mármoles viendo pasar al Cautivo.

Hay un fuerte olor a incienso y a la cera de las velas que portan los nazarenos para guiar el camino de esta imagen maniatada, que va seguida de cerca por su madre trinitaria.

Nunca he sido muy ferviente seguidora de esta fiesta que vivo desde pequeña por amigos y familia. Ser malagueño implica que se quiera o no se quiera se vive la Santa Semana porque la ciudad se para y las calles están llenas de gentes y de nazarenos.

Hace tiempo que no escribo porque la verdad sea dicha se me quitaron las ganas. Cuando comencé este blog me parecía divertido ser un poco crítica con este país en el que me ha tocado vivir.

Era el único sitio donde realmente me sentía cómoda y libre para expresar lo que no me gusta del país y pensaba que era mejor en el mío, a saber, España. Sin saberlo me motivaba el orgullo que siento por mi país. Se me llenaba la boca contando a diestro y siniestro que tenemos Seguridad Social y otras muchas prestaciones sociales de las que carece este país.

Pero tras el bochornoso espectáculo que supone leer cada día los periódicos (digitales por supuesto) y darse de bruces con el panorama político español, el orgullo se queda más bien a la altura del betún y creo que no hacen falta muchas más explicaciones.

Como si fuera un resorte algo se me movió dentro al escuchar los tilín y me entraron nuevamente las ganas de compartir mi aventura americana “ a pesar de mi país”.

El olor del cortijo

Febrero 16, 2007 by Boquerona

Creo que ha sido su voz, la de Luis Eduardo Aute cantando “Pongamos que hablo de Joaquín”, la que ha conseguido transportarme a un lugar que guardo muy hondo en mi memoria, para que no me dañe su recuerdo.

Pero hoy escuchando un CD mientras marujeaba en mi casa de Nueva York, se me ha formado un nudo en la garganta y al cerrar los ojos estaba allí. Estaba sentada en los escalones del porche del cortijo, vestida de limpio y oliendo como huelen las tardes calurosas de un verano andaluz, cuando se ha puesto el sol, y la gente sale a disfrutar de la brisa. Además, en Málaga junto a ese característico olor a “don Pedro”, a jazmín, a dama de noche y a geranio, tenemos también un profundo olor a mar.

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Entonces, tuve la sensación de estar en la ciudad del paraíso que describió Aleixandre. Y de verdad, esa tarde que hoy viene a mi memoria yo estaba cerca del paraíso. Esa tarde iba a conocer a Aute, uno de mis cantautores favoritos. Yo tenía dieciocho años y siempre había escuchado que el famoso cantante era pariente nuestro. Yo quería creerlo pero siempre tuve la sensación de que aquello era un cuento chino, una historieta de esas que hay en cada familia para aparentar más. Sólo que aquella era cierta.

Estaba pasando unos días en el cortijo con mi abuela para que no se sintiera sola, una costumbre que comenzamos cuando ella enviudó, para que aquella casa tan inmensa y tan antigua no estuviera tan vacía sin sus hijos y su esposo.

Esa tarde mi yaya me contó que había llamado su sobrina Marichu (esposa de Luis Eduardo) para decir que venían. Yo no acabé de creerlo pero le dije que prepararía la merienda, y volví a mis libros tumbada en una hamaca. Cuando sonó el teléfono salí corriendo por un patio de chinos blancos y justo al descolgar no podía creer lo que escuchaba: soy Luis Eduardo…Aute. Llamo para que sepáis que estoy en Barajas, el vuelo se ha retrasado y llegaré más tarde. Entonces, a duras penas articulé: se lo diré a mi abuela. Volví a correr hacia donde estaba ella, sentada bajo un gran almecino con su rebeca en los hombros haciendo una biznaga que después colgaría de su solapa como cada tarde.

– Recuerdo que en sus últimos días en el hospital cada tarde le llevé una biznaga y entonces el olor del jazmín sustituía por unas horas el olor a antiséptico. Mi nieta la de flores, me llamaba.-

La tarde de Luis Eduardo, cuando le dije: Aute ha dicho que se retrasará, ella no se inmutó y siguió con sus flores y su aguja. Yo en cambio, subí las escaleras de la casa sin apenas resuello para meterme en la ducha y cambiarme de ropa. Eso sí, intentando que no se notara que me arreglaba más que cualquier día, no debía olvidar que estaba en un cortijo andaluz, no en un teatro de la capital.

Cuando volví bajo el árbol oliendo a colonia mi abuela no dijo nada, sólo miró con aire de aprobación. Pero yo estoy segura de que en aquel momento percibió que cuando esa mañana me contó lo de Aute, yo no la había creído. Pero ella era siempre muy discreta y no lo dijo.

Y así, esperando llegó la noche y con la noche la brisa marinera y la humedad.

Ya es hora de irse al porche, debajo del árbol cae el rocio, repetía mi abuela cada día a esa misma hora.

Entonces cruzamos el patio y nos sentábamos debajo de la terraza de la planta superior, sostenida por unas columnas cubiertas de tupida parra virgen y así las dos esperando volvió a sonar el teléfono y volvió a ser de Madrid: De veras lo siento prima, es una fiesta sorpresa y le han grabado un disco a Eduardo entre todos sus amigos, tendrá que ser otro día cuando vayamos a Málaga, me comunicó Marichu.

Yo se lo dije a mi abuela con rostro de decepción.

Es la hora de la copita, ¿me traes una cerveza y te pones un whiskito? Me dijo como respuesta. Yo por no contradecirla me fui para la cocina y al entrar en la despensa, con su olor a anís, a especias y a embutidos de matanza, supe que era afortunada por vivir donde vivía y tener lo que tenía. Y ya no necesitaba que viniera alguien de fuera para hacerme más feliz.

Preparé en una bandeja las bebidas, llené un cuenco con patatas Paco y unas tazas de gazpacho. Entonces, cuando volví al porche en mi cara se veía que había vuelto la alegría. Mi yaya se percató y se limitó a decirme: ¿A qué crees que huele el cielo? Y yo contesté segura, sin dudarlo ni un segundo: a mar, jazmín y a cortijo.

¿Mi muerto no vale tanto?

Febrero 1, 2007 by Boquerona

Cuando uno coge el periódico y ve en la portada que un tribunal ha sentenciado a muerte a un chaval de 24 años en la misma ciudad donde uno reside, a saber, Nueva York, no es difícil imaginar las sensaciones que a uno le invaden. Los huevos se le ponen de corbata.

Pero ahí no queda la cosa. Lo curioso es que desde hace cincuenta años ningún juzgado federal en Nueva York había dictado la pena capital. ¿Y por qué? ¿Porque eran dos policías?

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A un tal Ronell Wilson, se le acusa de matar a dos detectives que trabajaban de incógnito. La operación consistía en una compra de armas que nunca llegó a ocurrir porque antes de cerrarse les disparó a bocajarro.

Que Wilson es un cabrón no hay nadie que lo cuestione pero que deba morir por “ser un pandillero” que ha tenido la desgracia de matar a dos policías no es justificación.

Inmediatamente me vienen a la cabeza los muchos padres y madres, abuelos, hijos y nietos que se han cargado en Manhattan en estos cincuenta años. ¿No valía tanto esa gente porque no eran policías? ¿No tenían igual valor las 257 personas que murieron en los atentados a las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania en 1998? El tribunal federal que juzgó a dos de los terroristas implicados en aquella tragedia no pidió sus cabezas por miedo a alzarlos mártires.

Al leerlo esta mañana pensé en todos esos familiares que han perdido a un ser querido de una forma tan violenta. Creo que si fuera en España algunas de estas familias pedirían explicaciones al juez que lo ha decretado. Y le dirían con razón, ¿Mi muerto no vale tanto?

Pero estamos en América. Habrá que esperar a ver que le depara el futuro a este asesino de polis.

Amtrak ya me ha desvirgado

Enero 29, 2007 by Boquerona

Cuando uno vive en América y pretende viajar en transporte público, es fácil darse cuenta de que manda Don dinero. Sirva de ejemplo lo que cuento a continuación:

Pónganse en mi pellejo. Intentaba llegar en tren a Albany (capital de Nueva York), el sábado en la mañana. Hasta ahí, todo es normal. La cosa se complica cuando una vez en la cola porque de billetes numerados para el vulgo mejor ni hablamos.

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Justo a la hora de partir, el tren de Amtrak (homólogo de Renfe en España) viene con retraso, cosa que puede pasar. Después de 20 minutos, sin ninguna explicación, los altavoces de Amtrak comienzan a iluminar a todo el que quiera oirlo: el tren está averiado. El que tenga que partir con Albany de destino tendrá que esperar un tiempo. Todo el mundo es muy prudente. De americanos se trata.

Yo como buena andaluza, después de tres cuartos de hora, ya me empiezo a impacientar y a decirle a los de al lado, “Esto no pasa en España. Cuando el tren tiene retraso, la gente empieza a quejarse: “Que si yo tengo una boda, que yo no llego al bautizo, que a mi madre me la operan, que el juanete de mi abuela … ” La gente empieza a chillarse y a competir por su pena, que es mucho más divertido, por lo menos más ameno.

Pero estando en Nueva York, la gente no dice pio. Después de dos horas largas, sin ninguna explicación, dicen por los altavoces: el tren está reparado. Pueden ustedes subir. Yo estaba tan animada que me hizo hasta mosquear porque para completar la escena del tren, la cola y demás, vino a ponerse a mi lado una chica muy alta, muy mona, sin medias y con sandalias, a saltarse el personal.

Ella miró de soslayo, como nadie dijo nada. Dos horas que ella se ahorró. Imagino que habrán visto ese anuncio de L´Oreal que dice, “Porque yo lo valgo”. Era exacta a su expresión.

Sigamos, que me desvío.

Todo el mundo en sus asientos. La marcha ya comenzó. Después de cinco minutos, el tren se vuelve a parar. Volvemos a la estación. Dicen por los altavoces, “Tenemos problemas técnicos, pueden ustedes bajar”.

La gente sale corriendo, pues era la hora del “lunch”.

Yo me rezagué un poquillo, por lo que pude escuchar: se advierte a los pasajeros que cuando el tren se repare, la marcha se continuará, y el que no esté en sus asientos, a Amtrak no le importará.

Y uno se queda pensando como con cara de tonto, ¿qué pasa con todos esos que corrían para yantar y cuando vengan de vuelta vean que el tren ya no está?, le pregunté al maquinista. La respuesta era esperada: el que manda es don dinero y yo no puedo hacer nada. Y uno se queda pensando con cara de gilipollas que tiene hasta incluso suerte porque escuchó la advertencia.

Granjas de diseño

Enero 25, 2007 by Boquerona

¿Quién me iba a decir que iba a pagar por dar de comer a un burro? Si mis ancestros me vieran dirían que he perdido el norte y tendría que responderles esto es Nueva York. Aquí no hay granjas, cortijos, ni campos gratis. El que quiere naturaleza que la pague.

Los neoyorquinos responderán: tenemos una infinidad de parques, entre ellos Central Park. Tienen razón. Zonas verdes tienen muchas, pero ¿cómo sabrá un niño neoyorquino de dónde viene la leche que bebe cada mañana? Muy fácil: yendo a una granja de diseño. Suelen estar situadas a las afueras de las ciudades. Muy rústicas y muy monas. Te cobran por respirar.

¿Quiere usted coger manzanas? Denme usted 12 leuritos y llévese cinco kilos.

Un burrito de diseño

¿Quiere usted dar pienso a un burro? Dele usted todo lo que quieras. 25 centavos por puñado.

Todo hay que reconocerlo. En esas mismas granjas, encontraremos los mejores donuts de sidra, a los que ni yo ni el resto del personal es capaz de resistirse, por lo que esa familia que se levantó temprano para llevar a sus niños a visitar una granja se ha dejado más de un pico. Entre burros, cabras, cerdos que fueron a alimentar, varios kilos de manzana, pá tía juani, pá mi madre, pá la abuela, y alguien de la vecindad, y los donuts pertinentes, esta moderna familia cree que no volverá hasta que el pequeño tenga pelusa en el bigotín y unos ahorritos guardados.

Para estar bella en Nueva York hay que sufrir

Enero 23, 2007 by Boquerona

Sandalias de tacón y pedrería, chanclas de playa, botas de piel hasta la rodilla y deportivas, son el calzado favorito de las chicas neoyorquinas. Hasta ahí, todo es normal. La cosa se complica cuando ves cómo la gente usa todos estos tipos de calzado el mismo día por la quinta avenida.

Cuando caminas por esta ciudad a seis grados bajo cero, abrigada hasta las orejas, y con dos pares de calcetines debajo de tus botas, la cara se te desencaja cuando justo a tu lado en un semáforo se para una chica muy alta, muy mona, sin medias y con sandalias.

En ese momento te preguntas si esa chica tan alta y tan mona no tiene una madre que le dijo en su día que uno lleva sandalias los días de verano, y que el calzado no deja de ser “fashion” por ir acorde con el clima.

Lo curioso es que ese mismo tipo de chica se para a tu lado en agosto con 38 grados a la sombra calzando unas botas de piel hasta la rodilla. Y vuelves a preguntarte, ¿qué criterio siguen las neoyorquinas a la hora de calzarse?

Otra cosa que me llama la atención de las mujeres neoyorquinas aunque pertenecen a un sector social bastante inferior al de las “chicas de sandalias” son sus ¡uñas!

Dios. Nunca pensé que me acostumbraría a ver uñas de casi tres centímetros decoradas como auténticas obras de arte en miniatura. Rayados, romboides, espirales, florales y demás estilos decorativos.

Las féminas que decoran sus manos de tal guisa suelen desempeñar para más inri trabajos manuales, cajeras en su mayoría.

Por ello es común encontrarse con el siguiente cuadro: un gran hiper-mercado, 15 cajas registradoras disponibles y de pronto una empleada curva su espalda y acerca el rostro al mostrador metálico por el que minutos antes había deslizado los productos.

En ese momento, piensas que si lleva tanto rato en una postura tan incómoda puede que simplemente esté observando su rostro en el reflejo metálico del mostrador. Pero de pronto te das cuenta que su postura no tiene un fin narcisista sino más práctico. La pobre chica sólo intenta coger una moneda de céntimo que se quedó en la barra pero con tales garras la hazaña es imposible.

Por todo ello, creo que cuando mi abuela me decía aquello de “para estar bella hay que sufrir” se le olvidó contarme que esta gloriosa frase venía de Nueva York.

Esto es Nueva York

Enero 15, 2007 by Boquerona

Cuando uno llega a Nueva York por primera vez se sorprende de que los edificios realmente tengan escaleras de incendios y los taxis sean amarillos. Y uno piensa, esto es genial, como de película.

Pero uno no se plantea por qué es tan común ver escenas en esas mismas películas donde se ve a la gente haciendo su colada en una lavandería.

 

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Sólo se da cuenta cuando vive en la Gran Manzana y ve que un hecho tan prosaico como es el lavado de la ropa sucia también es como en las películas, a saber: no hay lavadoras en la mayoría de las casas neoyorquinas.

Estos pisos son muy monos, muy fashion y todo lo que queramos llamarlos, pero el hecho es que ¡¡¡¡no tienen lavadora!!!! Y que uno debe lavar la ropa junto a sus vecinos de barrio.

Todo es acostumbrarse, pero yo no acabo de sentirme cómoda doblando los cayumbos de mi novio o mi mejor picardías delante de mi vecino.

Cada semana cuando hago estas labores hogareñas (por lo que deben hacerse en el hogar y no fuera) me acuerdo con cariño del primer americano que decidió que lo mejor era compartir lavadora. En esos momentos también tengo un recuerdo afectivo para aquellos caseros que prefieren no poner lavadoras en sus casas por si un niño mete la cabeza, y les cae una demanda.

Esto es América, el país de las demandas millonarias. Solución, se acabó la lavadora. Como dicen en mi tierra el que quiera peces….

La otra solución que se me ocurre, bastante más intima pero no por ello más cómoda, es el lavado de ropa como hacían nuestras abuelas: a mano. Así que llevo cerca de dos meses lavando la ropa en casa y tendiéndola cual si estuviera en una chabola, es decir, por todos los rincones de mi dulce hogar americano. ¡Y es que aquí, o le enseñas las interioridades a tu vecino o a vivir como un gitano!