Creo que ha sido su voz, la de Luis Eduardo Aute cantando “Pongamos que hablo de Joaquín”, la que ha conseguido transportarme a un lugar que guardo muy hondo en mi memoria, para que no me dañe su recuerdo.
Pero hoy escuchando un CD mientras marujeaba en mi casa de Nueva York, se me ha formado un nudo en la garganta y al cerrar los ojos estaba allí. Estaba sentada en los escalones del porche del cortijo, vestida de limpio y oliendo como huelen las tardes calurosas de un verano andaluz, cuando se ha puesto el sol, y la gente sale a disfrutar de la brisa. Además, en Málaga junto a ese característico olor a “don Pedro”, a jazmín, a dama de noche y a geranio, tenemos también un profundo olor a mar.

Entonces, tuve la sensación de estar en la ciudad del paraíso que describió Aleixandre. Y de verdad, esa tarde que hoy viene a mi memoria yo estaba cerca del paraíso. Esa tarde iba a conocer a Aute, uno de mis cantautores favoritos. Yo tenía dieciocho años y siempre había escuchado que el famoso cantante era pariente nuestro. Yo quería creerlo pero siempre tuve la sensación de que aquello era un cuento chino, una historieta de esas que hay en cada familia para aparentar más. Sólo que aquella era cierta.
Estaba pasando unos días en el cortijo con mi abuela para que no se sintiera sola, una costumbre que comenzamos cuando ella enviudó, para que aquella casa tan inmensa y tan antigua no estuviera tan vacía sin sus hijos y su esposo.
Esa tarde mi yaya me contó que había llamado su sobrina Marichu (esposa de Luis Eduardo) para decir que venían. Yo no acabé de creerlo pero le dije que prepararía la merienda, y volví a mis libros tumbada en una hamaca. Cuando sonó el teléfono salí corriendo por un patio de chinos blancos y justo al descolgar no podía creer lo que escuchaba: soy Luis Eduardo…Aute. Llamo para que sepáis que estoy en Barajas, el vuelo se ha retrasado y llegaré más tarde. Entonces, a duras penas articulé: se lo diré a mi abuela. Volví a correr hacia donde estaba ella, sentada bajo un gran almecino con su rebeca en los hombros haciendo una biznaga que después colgaría de su solapa como cada tarde.
- Recuerdo que en sus últimos días en el hospital cada tarde le llevé una biznaga y entonces el olor del jazmín sustituía por unas horas el olor a antiséptico. Mi nieta la de flores, me llamaba.-
La tarde de Luis Eduardo, cuando le dije: Aute ha dicho que se retrasará, ella no se inmutó y siguió con sus flores y su aguja. Yo en cambio, subí las escaleras de la casa sin apenas resuello para meterme en la ducha y cambiarme de ropa. Eso sí, intentando que no se notara que me arreglaba más que cualquier día, no debía olvidar que estaba en un cortijo andaluz, no en un teatro de la capital.
Cuando volví bajo el árbol oliendo a colonia mi abuela no dijo nada, sólo miró con aire de aprobación. Pero yo estoy segura de que en aquel momento percibió que cuando esa mañana me contó lo de Aute, yo no la había creído. Pero ella era siempre muy discreta y no lo dijo.
Y así, esperando llegó la noche y con la noche la brisa marinera y la humedad.
Ya es hora de irse al porche, debajo del árbol cae el rocio, repetía mi abuela cada día a esa misma hora.
Entonces cruzamos el patio y nos sentábamos debajo de la terraza de la planta superior, sostenida por unas columnas cubiertas de tupida parra virgen y así las dos esperando volvió a sonar el teléfono y volvió a ser de Madrid: De veras lo siento prima, es una fiesta sorpresa y le han grabado un disco a Eduardo entre todos sus amigos, tendrá que ser otro día cuando vayamos a Málaga, me comunicó Marichu.
Yo se lo dije a mi abuela con rostro de decepción.
Es la hora de la copita, ¿me traes una cerveza y te pones un whiskito? Me dijo como respuesta. Yo por no contradecirla me fui para la cocina y al entrar en la despensa, con su olor a anís, a especias y a embutidos de matanza, supe que era afortunada por vivir donde vivía y tener lo que tenía. Y ya no necesitaba que viniera alguien de fuera para hacerme más feliz.
Preparé en una bandeja las bebidas, llené un cuenco con patatas Paco y unas tazas de gazpacho. Entonces, cuando volví al porche en mi cara se veía que había vuelto la alegría. Mi yaya se percató y se limitó a decirme: ¿A qué crees que huele el cielo? Y yo contesté segura, sin dudarlo ni un segundo: a mar, jazmín y a cortijo.